Es duro volver a enfrentarse a la vida real tras varios días en la burbuja del hogar.
Mi cabeza fue por delante pensando que podría recorrer las calles como siempre y sortear los baches del camino sin problema. Planeé y optimicé los recorridos.
Pero la realidad es otra. No es viable, todavía, recuperar mi vida. No es posible recorrer el campus con muletas, no se puede tomar café en una cafetería distinta a la que comes si cada metro es un mundo.
Unas cañas en la zona vieja son impensables, pese a que los amigos y compañeros ofrecen sus coches constantemente. Demasiadas barreras, demasiados metros y demasiado peso para soportar con sólo mis brazos.
Mi último recurso, el plan B que siempre me saco de la manga cuando todos los demás fallan, tampoco es posible, una gran cuesta me separa del cine. Veré los últimos estrenos cuando pasen a ser una película más en cartelera.
Tengo el día negativo, porque los metros se han convertido en kilómetros, los minutos en horas y el descanso en obligación; porque los ascensores que antes repudiaba son mis aliados, porque tengo agujetas en los brazos y cada día me enfrento a una aguja que me licua la sangre; porque sólo puedo ponerme pantalones anchos y noto como mis músculos se descompensan y siempre he amado la simetría, mis zapatos derechos se sienten solos mientras luzco mis vistosos calcetines por la calle; porque me canso de explicar una y otra vez cómo el 5º metatarsiano de mi pie me ha llevado a tener una escayola... por fortuna, mañana será otro día.