Una escayola puede servir para más cosas que inmovilizar un pie o una pierna. En serio, deberíais de probarlo... (obviamente esto es irónico).
Te deja mucho tiempo contigo misma para pensar largo y tendido, para analizar las cosas que fallan en tu vida. Te ayuda a comprender lo indenfensa que realmente estás frente al mundo y de lo mala que a veces puede ser la independencia. Te hace ser consciente de algunas de las desventajas de ser becaria, de lo bueno que debe de ser eso de poder contar con una baja y no tener que pensar en lo que te queda por hacer mientras estás con la pierna en alto viendo la televisión.
Te hace volver al hogar, a depender de tus padres (por fortuna están ahí en mi caso), a echar de menos un regazo sobre el que llorar. Tu estómago vuelve a agradecer la comida de mamá y los chistes con papá.
Es, sobre todo, útil para ponerte al día con las lecturas pendientes. Además de poner al día tu vida social virtual, correos electrónicos, blogs, foros y llamadas telefónicas de toda la familia fluyen entre el mundo y tu pequeño mundo reducido a tu cama o un sofá.
El ingenio se agudiza (a la par que los músculos se vuelven fofos) inventando formas nuevas de transportar todo lo necesario con unas muletas y una escayola a cuestas. Tu casa se convierte en una carrera de obstáculos que ofrece una nueva aventura cada día y te vuelves increiblemente práctica a la hora de pedir ayuda.
En fin, que a mal tiempo... buena cara.