La ropa doblada descansa sobre la cama. Tras dos cribas, en que lo superfluo e innecesario ha vuelto al armario, no parece que me mude un mes.
Tres listas distintas, de objetos, recados y deseos, ordenan el fin de semana.
Incapaz de dejar que me inspire la musa, intento diseccionar las horas que me separan del avión. Repaso los pasos a seguir antes de la partida, busco necesidades ocultas tras cada movimiento. Nada puede o debe quedar en el aire, así que en mi cerebro se entrecruzan miles de ideas, necesidades y por si acasos. Todo bajo control.
Ropa de abrigo, calzado adecuado para andar, libreta, mapas, tabaco, direcciones útiles, el cargador del teléfono, 4 Gb de música en el mp3, libros para los momentos tontos y los momentos muertos... algo nuevo, algo viejo, algo azul... ay, no! eso último no...
Y si... llueve, nieva o un tornado asola la cuidad.
Quizás... vaya a la ópera, las carreras o a patinar.
Puede que... tenga hambre en el avión, me rompa una uña o pierda la cartera.
¿Están cubiertas todas las posibilidades?
Ni todo lo viajado aleja la ansiedad del día antes.
La tensión no cederá hasta que las puertas del avión se cierren. Solo entonces cerraré los ojos, vaciaré mi mente y poco a poco me invadirá la dulce emoción de lo que me espera en la capital.
... nos vemos en Madrid.