Kara, la hija del herrero.
Cómo describir el horror y la frustración del abrazo, cómo mantenerse cuerdo cuando sabes que tu vida ha terminado, que eres un demonio que sólo se acuerda de su vida pasada por momentos, a través de cuerpos sin caras y escenas pasadas o futuras que no eres capaz de ubicar en el espacio tiempo.
Odiaba y amaba a la vez a aquel que se hacía llamar su sire.
Lo odiaba porque la había arrancado de su tranquila vida en el castro, dónde tan sólo era la rara hija del herrero, una joven tímida y retraída de la que se rumoreaba que tenía extrañas visiones. Había perdido a su padre, ni siquiera era capaz de recordarlo con claridad, su querido y amado padre. Lo odiaba porque ahora era un monstruo que tenía que mantener su eternidad a base de la sangre de los mortales.
Lo amaba porque era lo único que tenía en su nueva no vida, lo era todo para ella, su padre, su maestro, su amigo y su enemigo. Él le había enseñado todo sobre su nueva condición, le había enseñado a cazar, a procurarse un lugar seguro para pasar el día, ocultándose de los nocivos rayos del sol.
De vez en cuando la asaltaban escenas de su vida pasada, como si de la vida de otro se tratara su mente se poblaba de confusos recuerdos. Su casa, que ya no era capaz de ubicar en el espacio tiempo; sus amigos, de los cuales no recordaba ni el nombre; la batalla que precedió a su abrazo... estas imágenes se entremezclaban con otras totalmente ajenas, como escenas robadas de otras vidas, quizás los recuerdos perdidos de aquellos que por desgracia se habían convertido en sus víctimas, aquellos a los que había vaciado de sangre. Desde que con siete años su madre había muerto siempre había tenido visiones, generalmente solían anunciarle acontecimientos por venir y se había acostumbrado a ellas, como si de un sexto sentido se trataran, pero ahora eran más vívidas, se habían convertido en diarias y muchas veces le costaba separalas de lo que eran simples acontecimientos o pensamientos.
El único recuerdo permanente en su mente era el de aquel momento en que sintio como sus colmillos penetraban en su carne, el olor a sangre. Pese a la densa oscuridad que la rodeaba pudo ver sus ojos, sentir su lujuria y su locura. Recordaba perfectamente cómo la vida se escapaba de su cuerpo, cómo el miedo daba paso a la excitación, cómo aquel monstruo le transmitía su locura. Y despues... la inconsciencia.
A partir de ahí, en la noche eterna el hambre era el sentimiento más común. A veces se veía incapaz de segar una vida para mantener la suya y conseguía permanecer varias noches enteras sin salir de caza, se veía inmersa en una profunda tristeza que le impedía incluso caminar, permanecía horas observando el vacío, intentando recordar, dejándose llevar por la melancolía. Pero cuando la sed de sangre se hacía demasiado intensa sentía una euforia que nacía en lo más profundo de su alma, de repente sentía el impulso de rodearse de gente, de hablar y encandilar a todo aquel que se cruzara en su camino. Salia a flote una parte de ella misma que nisiquiera sabía que existiera. Se dejaba llevar entonces por la bestia y tras elegir una víctima adecuada la seducía, la fascinaba, la encandilaba con largas peróratas sobre aquello que más apasionase a su interlocutor. Cuando se encontraban a solas, lejos de los demás mortales, disfrutaba del ansiado banquete, hundía con pasión sus colmillos en la fresca carne de su víctima, se deleitaba con el miedo que ésta sentía, sus gritos de horror se convertían en música para sus oidos. Pero nunca había términos medios, su no vida fluctuaba entre la melancolía y la euforia.
Continuará... ésta ha sido la presentación de un personaje de rol que yo misma interpreto y que forma parte de la crónica vampírica "Galaetia Fulget", inicialmente ambientada en un castro en la costa gallega allá por el año 96 ac y magistralmente dirigida por mi amigo dafeabe. Aunque solemos jugar muy de vez en cuanto intentaré ir actualizando la historia a medida que se vaya desarrollando.

Antonio dijo
Hola!... Muy dura pero interesante, la vida de los vampiros, es siempre tan sublime entre la vida y la muerte, el deseo es una parte presente que los lleva a sufrir en aquel tormento eterno.
Saludos y gracias por los comentarios.
16 Julio 2006 | 03:13 PM