Amigas eternas II: La cabaña
La cabaña de madera, testigo de ínfinidad de reuniones, cumpleaños y grandes sueños de las dos amigas eternas del norte (llamémoslas Campanilla y Wonderwoman), permanece ahora oculta por la frondosidad de los árboles de la finca, a la sombra del hogar de vacaciones de la amiga Campanilla.
Antaño, todos los fines de semana, se reunían las familias de ambas amigas, para comer, cenar, charlar, celebrar cumpleaños o bajo cualquier excusa, mientras los hijos jugaban en la finca y alrededores apelando a sus instintos más básicos de trepadores de árboles, los padres hacían la comida, a la vieja usanza, en las brasas de la chimenea. Por aquel entonces, esa cabaña, construida con tan solo el ingenio y las desnudas manos de un médico excéntrico, era la envidia de mucha gente, decorada y pertrechada con todo aquello que no encontraba un lugar en los hogares de ambas familias. Una taza de café con rosas rojas impresas convivía perfectamente con un bol conseguido tras consumir cantidades ingentes de Korn Flakes de Kellogs.
Los tiempos cambiaron, las familias se separaron, manteniendo únicamente el nexo que une aún todavía a Campanilla y Wonderwoman. La familia de Campanilla se mudó a una casa de verdad construida unos metros por encima, así que la cabaña se empezó a cubrir con maleza y acabó como depósito de todo aquello que no tenía cabida en el nuevo hogar.
Hacía tiempo que a Campanilla le rondaba por la cabeza recuperar ese lugar tan importante de su infancia, así que un fin de semana ocioso cualquiera empezó la operación de limpieza y recueración. Poco a poco iba descubriendo todos esos recuerdos enterrados tras capas y capas de madera vieja y sillas rotas. Cuántas aventuras se le vinieron a la cabeza.
Recordó esas jinkanas que hacían por grupos con su amiga Wonderwoman y sus respectivos hermanos. Se dividían en grupos y mientras unos salían delante para ir dejando pistas, los otros iban siguiendo estas miguitas de pan para descubrir el mensaje secreto que les esperaba.
¿Y cuando las dos se subían a un árbol para evitar que sus hermanos pequeños las cogieran?. Campanilla esboza una sonrisa al recordar que desde esas alturas solían escupir a sus hermanos que se afanaban por subir hasta donde ellas estaban.
En un rincón le parece ver los puñales de madera que habían tallado, con esas armas se enfrentaban a los peligros que las acechaban tras cada árbol o conseguían abrirse camino entre las zarzas para llegar al Río Verde, aquel riachuelo con propiedades curativas.
Definitivamente, pensó Campanilla, la cabaña aún puede ser testigo de muchas reuniones de amigos.
Puede que ya no vuelvan los días de soñar con dragones y princesas subidas a un castaño, pero aún les quedan a estas amigas muchas reuniones y muchos sueños.

chicadelnorte dijo
Eres estupenda!Compartir esos recuerdos es genial! Viva el río verde!Vivan la superexploradora!
4 Julio 2006 | 08:25 PM